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Buñuel-Gala-Dalí: la película

Buñuel-Gala-Dalí: la película

Buñuel, Gala y Dalí en los años veinte.

Dalí me anunció, entusiasmado, que Lorca había escrito una obra magnífica, Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. «Tiene que leértela».
Federico se mostró reticente. Con frecuencia, y no sin razón, consideraba que yo era demasiado elemental, demasiado rústico, para apreciar la sutileza de la literatura dramática. De todos modos, ante la insistencia de Dalí, accedió. Los tres nos reunimos en el bar del sótano del Hotel Nacional y Lorca empezó la lectura. Como ya he dicho, leía admirablemente. Sin embargo, había algo que me desagradaba en aquella historia del viejo y la muchacha que, al final del primer acto, terminan en una cama con dosel y cortinas. Así que interrumpo la lectura dando una palmada en la mesa y digo:
―Basta, Federico. Es una mierda.
Él palidece, cierra el manuscrito y mira a Dalí. Este, con su vozarrón, corrobora:
―Buñuel tiene razón. Es una mierda.
No llegué a saber cómo terminaba la obra.
Luis Buñuel

Los tres artistas habían intimado en la Residencia de Estudiantes de Madrid en los años veinte del siglo pasado mientras cursaban estudios universitarios. Los dos primeros en llegar fueron Luis Buñuel, desde Calanda (Teruel), y, dos años más tarde, el granadino Federico García Lorca. “Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro”, recordaba Buñuel, que se declara fascinado por la personalidad del poeta: “Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura, Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse”. Y añade:

De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama.

A pesar de todo, como se desprende de la cita inicial, algo separaba a Buñuel de Lorca: su teatro, que el aragonés consideraba “a menudo retórico y amanerado”. Otro ejemplo de esta aversión tuvo lugar en el estreno, en el Teatro Español de Madrid (1934), de Yerma, que con 137 representaciones le abrió las puertas del éxito a Lorca. Así lo vivió su amigo:

“Asistí al estreno de Yerma en el Teatro Español con mi madre, mi hermana Conchita y su marido. Aquella noche me atormentaba de tal modo la ciática que tenía que estar con la pierna extendida sobre un taburete, en un palco. Se levanta el telón: un pastor cruza la escena muy despacio, para que le dé tiempo de recitar una larga poesía. Lleva en las pantorrillas pieles de cordero atadas con tiras de cuero. No acaba. Yo, impaciente, procuro resistir. Van sucediéndose las escenas. Empieza el tercer acto. Unas lavanderas lavan la ropa junto al decorado de un arroyo. En el fondo de la sala, dos acomodadoras hacen sonar unos cascabeles. Al oírlos, las lavanderas exclaman: «¡El rebaño! ¡Viene el rebaño!». El todo Madrid encontraba muy original y moderna esta presentación. A mí me irritó vivamente y salí del teatro apoyándome en mi hermana”.

Por añadidura, Buñuel tenía un problema con la homosexualidad. “Con los maricones nunca pisa uno terreno firme”, le soltó a Max Aub. Y en su autobiografía, el cineasta aragonés narra una anécdota en la que da a entender que desconocía la orientación sexual de su amigo: “Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocían más que dos o tres pederastas, y nada permitía suponer que Federico lo fuera”. Luis Buñuel reta a un duelo al vasco, y así se lo cuenta después, sin más explicaciones, a Lorca. Pero este quiere conocer el motivo. “Yo vacilo un momento”, dice Buñuel, “no sé cómo expresarme, y a quemarropa le pregunto: «¿Es verdad que eres maricón?». Él se levanta, herido en lo más vivo, y me dice: «Tú y yo hemos terminado». Y se va. Desde luego, nos reconciliamos aquella misma noche”.

“Se sentaban en la hierba, bajo los chopos, y Federico recitaba sus poesías a Buñuel”

Cuenta Benjamin Ehrlich que ambos salían a pasear juntos por el jardín de la Residencia, a la sombra de los chopos; se sentaban en la hierba y Federico recitaba sus poesías a Buñuel, que ―a diferencia de su teatro― las apreciaba enormemente. Jesús González Requena, autor de un ensayo sobre el cineasta, asegura: “Resulta difícil no pensar que ese reconocido homosexual que era Lorca fuera insensible al varonil atractivo, de sobra declarado entonces, de Luis Buñuel”.

Buñuel (1900) y Lorca (1898) convivieron un año en la Residencia antes de la irrupción de Salvador Dalí (1904) procedente de Figueres (Girona). Dalí, que ya era un pintor fuera de lo común a sus 18 años, supuso un cambio drástico en la vida y la obra de ambos.

En la vida, porque el poeta se enamoró del pintor. “Salvador y Federico serían mis mejores amigos”, dice Buñuel. “Los tres andábamos siempre juntos. Lorca sentía por él verdadera pasión, lo cual dejaba indiferente a Dalí”.

Ian Gibson interpreta “la fascinación que, ya para finales de 1924, ejercía sobre Lorca el joven y cada vez más rebelde Dalí” como “otra contingencia que ayudaba a acrecentar, y que lo seguiría haciendo, la no confesada angustia de Buñuel ante el hecho homosexual”. A juicio de Gibson, que escribió un monumental ensayo sobre los primeros años del de Calanda (que “se las daba de redomado macho y se autoproclamaba asiduo frecuentador de burdeles”), “de los amigos íntimos de Lorca, con la excepción de Dalí, Luis fue quizá el más acomplejado ante el hecho gay. Incluso se puede aventurar la hipótesis de que su «homofobia» encubría un profundo temor a ser gay él mismo”.

Lo cierto es que, a raíz de la llegada de Dalí y de la “pasión” que suscitó en Lorca, Buñuel reorientó sus preferencias hacia el joven y extravagante pintor, y la camaradería entre ambos se afianzó rápidamente tanto en lo personal como en lo artístico hasta que se convirtieron en los típicos “mejores amigos”. Prueba de ello fue la gestación de una película que marcaría un antes y un después en el entonces incipiente arte cinematográfico: Un perro andaluz, escrita a medias entre el catalán y el aragonés y filmada por este último. Así lo relata Buñuel:

Portada de ‘Mi último suspiro’, de Luis Buñuel, en Taurus.

“Pasando la navidad con Salvador Dalí en Figueres, le sugerí hacer una película con él. Dalí me dijo: «Yo anoche soñé con hormigas que pululaban en mi mano». Y yo: «Hombre, pues yo he soñado que le cortaba el ojo a alguien». En seis días escribimos el guion. Estábamos tan identificados que en ningún momento se suscitó entre nosotros ni la menor discusión. Fue una semana de identificación completa. Uno decía, por ejemplo: «El hombre saca un contrabajo». «No», respondía el otro. Y el que había propuesto la idea aceptaba de inmediato la negativa. Le parecía justa. Por el contrario, cuando la imagen que uno proponía era aceptada por el otro, inmediatamente nos parecía luminosa, indiscutible, y al momento entraba en el guion”.

Los sueños serían una constante en la filmografía de Buñuel. Y en su vida. “Si me dijeran: te quedan veinte años de vida, ¿qué te gustaría hacer durante las veinticuatro horas de cada uno de los días que vas a vivir?, yo respondería: dadme dos horas de vida activa y veinte horas de sueños, con la condición de que luego pueda recordarlos; porque el sueño solo existe por el recuerdo que lo acaricia”. Para el aragonés, los sueños abarcan todo lo que el ser humano puede imaginar:

Miles y miles de millones de imágenes surgen cada noche para disiparse casi en seguida, envolviendo la Tierra en un manto de sueños perdidos. Todo, absolutamente todo, es imaginado una u otra noche por uno u otro cerebro, y olvidado.

Tras el éxito de Un perro andaluz (se exhibió durante nueve meses en París), Buñuel se trasladó a la residencia de la familia Dalí en Es Llané, cerca de Cadaqués, a fin de escribir con su amigo el guion de una nueva película, La edad de oro. Pero el proyecto fílmico y la amistad se truncaron con la aparición de la artista surrealista rusa Elena Ivánovna, Gala. En el libro La vida secreta de Salvador Dalí, este afirma que Buñuel se llevó “una decepción terrible”. “Había venido a Cadaqués con la idea de colaborar conmigo en el guion de un nuevo filme mientras yo estaba más y más absorto en alimentar mi locura personal y solo podía pensar en Gala”.

De este modo relata Buñuel la brutal ruptura:

“Gala es una mujer a la que siempre he procurado evitar, no tengo por qué ocultarlo. La conocí en Cadaqués, en 1929, con motivo de la Exposición Internacional de Barcelona. Vino con Paul Éluard, su marido, y su hijita, Cécile. Los acompañaban Magritte y su mujer y el dueño de una galería belga, Goémans. Todo empezó por una metedura de pata. Yo me alojaba en casa de Dalí, a un kilómetro de Cadaqués, y ellos, en un hotel del pueblo. Dalí me dijo, muy agitado: «Acaba de llegar una mujer magnífica». Por la tarde, salimos todos juntos a tomar una copa y, después, ellos decidieron acompañarnos dando un paseo hasta la casa de Dalí. Por el camino, hablábamos de cosas sin importancia y yo dije ―Gala iba a mi lado― que lo que más me repugna de una mujer es que tenga los muslos separados. Al día siguiente, vamos a bañarnos y observo que los muslos de Gala son como los que yo había dicho detestar. De la noche a la mañana, Dalí ya no era el mismo. Toda concordancia de ideas desapareció entre nosotros, hasta el extremo de que yo renuncié a trabajar con él en el guion de La edad de oro. No hablaba más que de Gala, repitiendo todo lo que decía ella. Una transformación total.
Éluard y los belgas se marcharon a los pocos días, dejando en Cadaqués a Gala y a su hija. Un día, salimos en barca con la esposa de un pescador, Lidia, para almorzar en las rocas.
Señalé a Dalí un rincón del paisaje y le dije que me recordaba a Sorolla, un pintor valenciano bastante mediocre. Dalí, indignado, me gritó:
―¿Cómo puedes decir esas burradas de unas rocas tan hermosas?
Gala metió baza, dándole la razón. La cosa empezó mal.
Después del almuerzo, durante el que bebimos mucho, Gala volvió a atacarme, no recuerdo exactamente por qué. Yo me levanté bruscamente, la tiré al suelo y la agarré por el cuello. La pequeña Cécile, asustada, echó a correr por las rocas con la mujer del pescador. Dalí, de rodillas, me suplicaba que perdonase a Gala. Yo, aunque furioso, seguía siendo dueño de mí y sabía que no la mataría. Lo único que quería era verle asomar la punta de la lengua entre los dientes.
Al fin la solté. Ella se marchó a los dos días”.

“La tiré al suelo y la agarré por el cuello. Dalí, de rodillas, me suplicaba que la perdonase”

“Al final de aquel verano, vino el fin de nuestra amistad”, agrega el cineasta. Y, aunque durante los años siguientes no dejaron de verse (en 1934 Buñuel visitó en París a Dalí, ya casado con Gala), la Guerra Civil (Dalí se alineó con Franco, mientras que Buñuel permaneció fiel a la Segunda República) y el asesinato de Lorca terminaron por separarlos.

Catorce años después del incidente de la playa, en 1943, Buñuel vivía exiliado con su familia en Estados Unidos, donde trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) como productor asociado para el área documental. Pero fue despedido a raíz de la publicación de La vida secreta de Salvador Dalí, donde el pintor lo tachaba de blasfemo y rojo. “Tenía esposa y dos hijos y mi único capital eran trescientos dólares”, rememora Buñuel. “Es verdad que Dalí no me denunció como comunista, pero en su cochino libro sí decía que su respeto profundo por la Iglesia y la religión cristianas le impedían haber participado de una manera seria en la realización de La edad de oro, película impía y blasfema”. “Un hijo de puta”, continúa, “él fue el responsable de que me pusieran en la calle en Nueva York. Pero durante muchos años, de los veinte a los treinta, fue mi mejor amigo. Fuimos muy amigos, de verdad, muy amigos. Dalí era entonces encantador”.

Poco tiempo después, Dalí visitó Nueva York y Buñuel fue a verlo con la intención de “romperle la cara”. Al culparlo de su despido del MOMA, el pintor le contestó: “He escrito un libro para levantarme un pedestal, no para realzarte a ti”. “Continuamos hablando un rato”, refiere Buñuel, “y finalmente me fui sin romperle la cara. Allí terminó nuestra amistad definitivamente”.

Salvador Dalí intentaría renovar los lazos con el cineasta, pero este se mantuvo en sus trece. En el libro de Max Aub Conversaciones con Buñuel explica lo que significaba Gala para él. “Yo quiero mucho a Luis, aunque se ha portado bastante mal conmigo. Odia a Gala. Pero yo, sin Gala… Buñuel lo sabe, yo tenía unas crisis de risa terribles, estaba muy cerca de la locura, y, en cambio, Gala ha dado un sentido clásico a mi locura”. Más adelante, en la misma entrevista, Dalí fantasea:

“Voy a regalar millones de dólares al que adelante rápidamente los estudios sobre la hibernación para que me toque el poder vivir indefinidamente.
―¿Para qué?
―Para ver implantada la monarquía en Rusia y en Estados Unidos. Además, el frío lo detendrá todo, y resucitaré mucho más rico de lo que soy ahora. Y más famoso. Y sobre todo más famoso que Picasso; y volveremos a ser amigos, como lo fuimos, Luis y yo”.

Federico García Lorca y Luis Buñuel.
Federico García Lorca y Luis Buñuel

Obligado por las circunstancias, Buñuel pudo retomar en 1946 su carrera como cineasta en México, donde obtuvo la nacionalidad y dirigió una veintena de películas, a las que hay que sumar otra decena entre Francia y España, una filmografía que lo encumbró al olimpo del séptimo arte. En muchas de sus obras introdujo sueños, pero siempre “tratando de evitar el aspecto racional explicativo que suelen tener”. No obstante, el aragonés era consciente de que los sueños albergan un significado oculto, y reconoce que no es posible “contar la propia vida sin hablar de la parte subterránea, imaginativa, irreal”.

Así llegamos a 1980, cuando, según cuenta en sus memorias, una noche, en México, a los ochenta años, Buñuel soñó con Gala:

“La vi de espaldas, en el palco de un teatro. La llamé en voz baja, ella se levantó, vino hacia mí y me besó amorosamente en los labios. Aún recuerdo su perfume y la suavidad de su piel”.

¿En serio? ¿De espaldas? ¿En el palco de un teatro?

¿Gala era Gala? ¿O era la típica añagaza onírica, una máscara, un trampantojo?

Quizá, entonces, el título de esta entrada debería ser:

Buñuel-Lorca-Dalí: la película


Las principales fuentes consultadas han sido los libros de José de la Colina y Tomás Pérez Turrent Luis Buñuel; Conversaciones con Buñuel, de Max Aub; Luis Buñuel, la forja de un cineasta universal 1900-1938, de Ian Gibson, y, obviamente, las memorias del cineasta Mon dernier soupir, redactadas en francés por su coguionista habitual Jean-Claude Carrière y conocidas en España (con traducción de Ana María de la Fuente) como Mi último suspiro, título que refuta con sorna Gibson: “La locución gala «rendre le dernier soupir» significa «exhalar el postrer aliento», no el postrer suspiro. Buñuel no era persona dada a los suspiros, todo lo contrario, y jamás se le habría ocurrido elegir para su autobiografía un título que implicara cualquier lamentación final (o anterior) al írsele acercando la fecha fatal”.

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