“Todo su arte consiste en tocar esta tecla”, concluye el autor belga Simon Leys (1935-2014).
Y cuando lo consigue, añado a mi vez, no es el libro el que atrapa al lector: es el lector el que atrapa al libro al introducirlo en su mente, en su mundo.
La publicación de 55 asesinatos breves (y un prólogo) me ha suscitado una serie de reflexiones que, como cabía esperar, ya formularon antes otros ilustres pensadores del gremio a los que había leído en su día. A fin de cuentas, ¿qué literato no ha especulado sobre (o copiado, o robado) las reflexiones literarias de otros literatos?
Así, Augusto Monterroso (1924-2003) observa que, “en cuanto uno conoce personalmente a un escritor al que admiró de lejos, deja de leer sus obras. Esto es automático”. La razón de tan irracional comportamiento radica, lógicamente, en que, una vez que ha publicado un libro, el autor pierde el control, que pasa a los lectores, a sus mundos. Ahora el texto es de ellos, un producto de su imaginación. Y lo que el primero escribió pensando en una cosa, para los lectores puede ser no solo otra, sino radicalmente distinta.

Cuando el lector y el autor se conocen, es inevitable que conversen sobre esa obra tan admirable y se produzca un choque galáctico: la guerra de los mundos.
En consecuencia, es innecesario decir que, si aprecias la obra literaria de una persona, no intentes conocerla, porque terminarás dejando de leer sus libros y darás la espalda a ―como decía Borges― “una de las formas de la felicidad”.
Ahora bien, la situación se invierte cuando tratabas personalmente al literato antes de leer sus escritos. Si luego te deslumbran, no es improbable que te llene de orgullo estar al tanto de sus patéticos defectos. Pero, si no te gustan, ¿dejarás de saludarlo para no tener que expresar tu opinión o disimularla?
Todo lo cual explica la deplorable vida social de los escritores, quienes, siendo conocedores de lo anterior, mantienen su empeño y, cual adictos, no paran de pergeñar textos en busca de la felicidad de los lectores y de su propia desgracia, que se traduce, como se ha visto, en una implacable marginación.
De nada valen las contundentes advertencias de los sabios que los han precedido. Como el amigo de Monterroso:
―Hay que ser neurótico para dedicarse a esta tontería ―me dice mi amigo por teléfono, refiriéndose a la angustia que le produce escribir.
¿Quién es quien lo pone a uno en esto ―pienso por mi parte― sino esa fuerza negativa que me empuja otra vez a lo mismo, a sabiendas de que lo que se haga hoy tampoco bastará?
“Cuando existen tantas cosas apremiantes, placenteras y útiles en la vida, por qué, en lugar de vivir, los escritores escriben”, se pregunta el gigante guatemalteco.
En la misma línea, Leys cita a Rilke: “Si sois capaces de vivir sin escribir, no escribáis”; a Steinbeck: “La literatura practicada como una profesión hace que las carreras de caballos parezcan una ocupación sólida y estable”; a Samuel Johnson: “Ningún hombre, a menos que sea un perfecto idiota, querría escribir nunca nada, salvo que se le pague por ello”. Los dos últimos apuntan a una cuestión más práctica que incumbe a quienes están obligados a trabajar para vivir y que, por lo tanto, si se afanan en rellenar papeles en su escaso tiempo libre, no podrán dedicarlo a los placeres de la socialización y se volverán ―si todavía no lo son― seres solitarios, hoscos y huidizos.
Como cualquier víctima de la adicción, el escritor siempre hallará excusas y justificaciones. Pierre Ryckmans, alias Simon Leys, exhibe la más común y la refuta sin piedad:
¿Se os ha ocurrido una idea magnífica con la que soñáis escribir un libro? No corráis en llevarla a la práctica; no hace falta, pues podéis estar seguros de que, tarde o temprano, a algún otro se le ocurrirá la misma idea… y hará de ella un uso perfecto”.
Para combatir esta pérdida de tiempo y no tener que emplear horas y horas en la escritura, el literato compulsivo carente de medios económicos puede adoptar una astuta estrategia. Pero es una solución que está al alcance de muy pocos, dada la extremada paciencia que requiere.
“Ningún hombre, a menos que sea un perfecto idiota, querría escribir nunca nada”
Monterroso la resume alborozado: “Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea”. Luis Buñuel sube la apuesta al hablar del “poeta extraño y magnífico” Pedro Garfias, “un hombre que podía pasar quince días buscando un adjetivo”. Y Leys echa un órdago con el poeta chino “lacónico y raro” del siglo IX Jia Dao: “¡Tres años para escribir dos versos! Los canto para mí mismo, y lloro…”.
Obsérvese que no se trata de alcanzar la gloria acortando lo que se ha escrito, como reclamaba perentoriamente Stephen King y confirmaba Robert Louis Stevenson:
¡Ah, Dios mío! ¡No hay más que un solo arte, el arte de omitir! ¡Oh, de poseer únicamente el arte de cortar, no ambicionaría ningún otro don! Un escritor que supiera cómo cortar podría transformar cualquier gaceta cotidiana en una epopeya homérica.
No es eso. Se trata de escribir directamente lo mínimo posible, pero a sabiendas de que esas pocas líneas conforman un arte sublime, una epopeya homérica solo al alcance de los elegidos.
En cualquier caso, el problema del autor no se reduce a la exclusión social inherente a su incontenible anhelo; el verdadero problema es que jamás se contenta con escribir para sí mismo debido a “la lamentable necesidad de que le publiquen a uno y lo lean”, en palabras de Leys.
Y si logra sortear los obstáculos que forzosamente se interpondrán entre su genio y el público ―ay, los editores: “incluso los que poseen talento y experiencia, raras veces saben lo que hacen”―, no se conformará, sino que estará deseoso de escuchar y leer los comentarios de sus lectores. O, simplemente, no podrá evitarlo.
“La verdadera función de un escritor consiste en producir una obra maestra”
Nuestro autor se enfrenta, así, a la prueba más cruel. Ya se citó aquí a Virginia Woolf: “La literatura está abarrotada de ruinas de nombres que se han preocupado más allá de lo razonable de las opiniones ajenas”. No solo la literatura: Miguel del Arco recuerda en La Patética que Chaikovski no olvidó nunca el nombre de un crítico musical (a quien no mentaremos) que execró una de sus composiciones.
Claude Roy ahonda en las causas de tan dramáticas reacciones:
El escritor se entrega y se libera. Decir que nos gusta su obra es decir que nos gusta el autor. Decir que no nos gusta su obra es hacerle a un ser vivo una declaración de enemistad. Por tanto, los escritores son más vulnerables que los ebanistas a las críticas de sus trabajos. Se cree que el juicio recae sobre lo que hacen. Pues no: recae sobre lo que son.
¿Y si se da la rarísima circunstancia de que a nuestro atormentado autor le sonría el éxito?
¿Qué éxito?, podemos preguntarnos. Por descontado, acumular ventas resulta reconfortante. Pero no es eso lo que en realidad busca el literato, consciente de que “del triunfo comercial de un libro ―o de su completo fracaso― no cabe deducir nada respecto a su valor literario”, pues se trata de “un capricho imprevisible” (Hilaire Belloc), de “un cisne negro” (Nassim Nicholas Taleb).
Monterroso, una vez más, nos aclara qué es lo que en el fondo pretende el autor:
El único elogio que satisfaría plenamente a un escritor sería «Usted es el mejor escritor de todos los tiempos». Cualquier otra cosa que no sea esto comienza a tener, según el escritor, cierta dosis de mezquindad de parte del mundo y de la crítica. Vienen después algunas gradaciones, todas inaceptables cuando no francamente deprimentes: «Es usted el mejor poeta de su país»; «Está usted entre los mejores ensayistas de su generación»; «Usted, Fulano y Zutano encabezan la nueva hornada (cuando ya se sabe que Fulano y Zutano son un par de imbéciles) de cuentistas». «Es usted el más leído», puede ser ambiguo, pues los gustos cambian; «El más vendido», peor: en el fondo el autor, con poco que sea inteligente, aunque no siempre lo es cuando se trata de sí mismo, sabe que la publicidad y la promoción hacen milagros.
Porque “la verdadera función de un escritor consiste en producir una obra maestra, y ninguna otra tarea tiene importancia” (Cyril Connolly).
¿Y si, a pesar de todo, supera las infinitas adversidades y escala a la cumbre de los portentos literarios?
De poco le valdrá, porque desde ese mismo instante sus maravillados lectores le estarán reclamando otra obra maestra, lo cual le causará un espantoso desasosiego, pues “ningún éxito puede conjurar la angustia permanente del bloqueo”. “Para un escritor, todo éxito no es más que un fracaso aplazado”, cavila Graham Greene, y Jules Renard confiesa: “Aunque debería estar ya acostumbrado, cada vez que me piden que escriba algo, sea lo que sea, me siento turbado como si escribiera mi primera línea. Ello se debe a que no hago progresos, y escribo cuando me viene y siempre tengo miedo de que no me venga”.
A no ser que el motivo por el que alguien se emperre en la escritura, como reconoce Monterroso, sea “un morboso deseo de molestar a sus amigos (estímulo sin el cual prácticamente nadie escribiría)”, en cuyo caso todo lo anterior sigue siendo absolutamente cierto.
Además de las atribuidas, las frases de Graham Greene, Jules Renard, Hilaire Belloc, Robert Louis Stevenson y Claude Roy son segundas citas de Simon Leys pescadas en el libro de crónicas La felicidad de los pececillos, traducido al español por José Ramón Monreal Salvador. Los entrecomillados sin atribución también proceden de la pluma del autor belga.
